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Corazón de Poeta #2
Bueno retomemos el viejo buen hábito, el arte esencial, la forma y la idea, el cuerpo y el alma. Crear, no, no es crear, es transformar, el humo violeta y los resplandores dorados se condensan en el plateado elixir que se torna color carbón al contacto con el fuego de la pasión y mancha de negro la blancura polar de las páginas de algún libro, alguna orilla de cuaderno, una simple servilleta, que se yo. Pero ahí está la mancha negruzca, bueno generalmente negruzca, sola no es nada, sola solo es una manchita en el blanco polar de una hoja, pero el proceso se repite y vienen más, o y la suerte me sonríe y vienen más, un torrente palpitante fluye por la hoja, la corriente mancha las paginas, se entremezclan en incontables manchas, caracteres conocidos para mí, viejos amigos debo decir, es bueno volverlos a ver, últimamente he sentido la falta de ellos, el mundo rojo violáceo en mi interior se siente tan vacío cuando no saco las hadas que hay dentro, si no creo los mundos quiméricos, si no me convierto en el arquitecto celeste, las ideas no son nada, solo llamas de colores, fugases y hermosas que mueren en el ruidoso silencio del olvido. Pero cuando me atrevo a tatuarlos, cuando las llamas se enaltecen, el mundo, mi mundo, mis mundos, crecen y se hacen dorados imperios, hermosas selvas esmeralda, ciudades de seres tan bellos como extraños. La suerte me sonríe hoy, los niños son tímidos pero con pequeños pasos se deslizan en la punta de mis dedos, saltan  juguetones y se quedan en la hoja, ahora vivirán en su mundo y soñaran en el mío.
Pero mirar hacia adentro no siempre es reconfortante, a veces solo es suficiente una mirada para sentir desolación y dolor, al ver, o mejor dicho al no ver, nada, no hay nada, hoy no hay nada, solo lo mismo de hace dos días, la comida no sabe mejor si está bien cosida, sabe mejor si quieres comerla, para que dormir si lo que es real se vuelve irreal al entrar en la idea, y lo irreal vuelve a ser real al salir de esta, para que ver hacia adentro si nuestros ojos nunca podrán ver el interior de una estrella, no buscar la verdad es admitir que no existe tal cosa, vivir conforme con ser inconforme es solo una excusa vaga para la existencia, no temo decir que a veces me da miedo hablar con honestidad, pero no sé si digo la verdad o solo me engaño a mí mismo, es difícil discernir entre esto y lo otro, incluso cuando veo mi reflejo en los ojos de una persona querida, me pregunto que más cosas habrán visto esos ojos, y me pregunto que he dejado de ver con los míos propios.

Divagar suele ser reconfortante, pero a veces el caminante llega a callejones sin salida, a veces se pierde en su errante caminar, en ciertas ocasiones nos encontramos con alguien que no queremos ver, de vez en cuando nos encontramos con nosotros mismos. Hace poco salude a mi sombra, pero no me respondió. Hace poco salude a mi reflejo pero solo me ignoro. Hace poco soñé, siempre sueño, pero rara vez recuerdo, pero esta vez soñé, me vi a mi mismo cara a cara, rara vez me puedo ver fuera del cristal. No me gusto lo que vi, nunca me gusta lo que veo en mí. Simplemente no veo nada en mí. A veces me pregunto si estoy solo o solo es que ignoro al resto del mundo. No, no me duele, aprendí a vivir con eso. Aun parece que hoy, la suerte me sonríe, e incluso de no ser así, aun así diré buenas noches y me iré otra vez en la noche para regresar mañana antes de que despiertes, no me esperes y si no vuelvo, no me busques.
Supernova
Esa noche, esa noche en particular hacia frio. Llovía con una fuerza bastante peculiar. El frio de la húmeda brisa nocturna cubría todo el lugar. Las muchas gotas resonaban al golpear en los tejados y en las calles. La sinfonía de salpicaduras vibraba como una canción de cuna. La noche era la ideal para sumergirse en el arcoíris sinóptico del subconsciente. Eso pensaba ella, la lluvia y el frio eran de su agrado. La fría brisa abrazaba todo su cuerpo y se deslizaba por sus piernas desnudas con la gentileza apropiada, nada podría despertarla esa noche. Pero había algo, o más bien era la ausencia de algo lo que incomodaba su sueño. La falta de una presencia, una presencia conocida. Él no se había acostado aun, no la cama se sentía vacía.
En la oscuridad ella entre abrió los ojos, susurro un nombre tenuemente, pero la oscuridad permaneció silente. La intensa negrura la forzó a abrir completamente sus ojos. Él no estaba con ella. Normalmente a esas horas él está trabajando. Varias veces ha pasado horas y horas de noche tecleando intensamente su máquina ordenadora. Las noches de lluvia eran sus preferidas para trabajar, sí. El frio y un café eran lo mejor para hacer funcionar su lado más creativo, más constructivo. Ella pensó esto. Pero al mirar de reojo al estudio la oscuridad le impidió ver nada. El solo no estaba a su lado, no estaba en ningún lado.
La fuerte y húmeda brisa levanto con violencia un par de cortinas, una ventana estaba abierta. Pero no era una ventana normal. Esa ventana llevaba a unas escaleras que daban a la azotea. Ella sabía que a él le gustaba parar de vez en cuanto su trabajo para fumar un cigarrillo en la azotea. Pero el clima no era el mejor para fumar. Aun así ella sabía que él estaba en la azotea, ella sabía que él no se iría sin avisarle, ella sabía que él estaba ahí afuera en la lluvia, contemplando algo mientras la lluvia cubría su rostro. Ella sabía dónde encontrarlo.
El agua caía con fuerza y rápida mente todo su cuerpo, ropas y cabello quedaron empapados, pero ella sabía que él también estaba empapado, ella sabía esto mas no sabía el porqué, pronto lo averiguaría. Después de terminar con las escaleras la azotea la esperaba, desde ahí arriba se podía ver una hermosa vista de la ciudad nocturna, las nubes tapaban la luna y la única luz venia de la ciudad, la lluvia caía en todas partes. Él estaba ahí, de pie, al borde de la azotea mirando fijamente este paisaje. Ella se le acerco y nuevamente susurro su nombre pero el no contesto, el solo miraba fijamente hacia la ciudad. Ella se acercó aún más e intento tocar su hombre, pero de repente la lluvia se detuvo. Mas no simplemente se detuvo, las gotas detuvieron su marcha y se quedaron suspendidas en medio del aire, las pequeñas esferas traslucidas levitaban a su alrededor, con expresión de fascinación y terror ella admiraba tal fenómeno.
Una luz, la luz empezó a brillar con fuerza desde el centro de la ciudad. Su resplandor la segaba. La luz formaba una esfera que crecía rápidamente su tamaño, los edificios y todo a su paso se desvanecía suavemente. Una lagrima resbalo por la mejilla de ella. Unos ojos la observaban. La luz brillaba con fuerza, casi cegadora. Él estaba delante de ella, mirándola fijamente y sonriendo dulcemente. La luz se acercó a ellos, primero lo absorbió a él, luego lentamente la absorbió a ella. Mientras la claridad de la esfera acariciaba su mejilla y esta se desvanecía, ella sonrió. Ella sonrió con sinceridad y la oscuridad se hizo luz.
La Vampira y el Mago

Era una noche tranquila. Las lámparas de aceite iluminaban tenuemente las calles empedradas y la luna brillaba, hermosa en el cielo. Sin dudas era una bella e iluminada noche. Una hermosísima jovencita caminaba despreocupada por un costado del camino. Su hermosa y pálida piel parecía brillar con la luz de la luna, su cabello era largo y en demasía bello, negro como la noche misma. Sus cautivantes ojos castaña, miraban  jovialmente hacia el vacío. Sus sensuales labios rojos como la sangre dibujaban una dulce sonrisa. La jovencita caminaba por la calle empedrada sin apenas hacer ruido, sutil pero firme. Su linda cabecita apenas y se movía para mirar a su alrededor, esa noche era su noche, era de ella y de nadie más. A ella no le importaba nada, ella lo quería todo, y bien podría conseguirlo todo. Cualquier hombre, e incluso algunas mujeres, lo darían todo por tal belleza, por tal dulzura natural. Su blanca tez haría pecar hasta al mismísimo papa, ella era un diabólico ángel en la tierra.

Como es de esperarse, tal belleza no podía pasar inadvertida, a pesar de lo adentrada de la noche aún quedaba un alma errante paseando por la oscura callejuela. El sujeto caminaba a paso moribundo por entre la noche, moviéndose con un sigilo inintencionado pero natural para él. Su ropa era tan oscura que no se lo podía ver desde la lejanía, su largo cabello bajaba por sus hombros como una ondulada cascada negra. Su rostro de hombre cansado levantaba una ligera, pero bien arreglada barba. Sus pobladas cejas protegían unos ojos tan oscuros y profundos como el mismísimo abismo. Su expresión era como la de un hombre muerto, calma y neutral hasta el punto de preocupar. Su caminar era extraño y encorvado, el hombre era alto y delgado. Caminaba con las manos entre los bolsillos y los codos pegados a las costillas, con la cabeza gacha. Pero inmediatamente noto a la belleza nocturna que estaba más adelante de él, levanto la mirada y energizo su caminar. La belleza blanquecina de esta mujer lo atraía como el fuego a la polilla. Con cada paso que daba se acercaba más y más. Sus labios empezaron a dibujar una tímida sonrisa. A solo unos metros de su bella doncella, hace sonar sus pasos, para alertar su proximidad, para captar la atención de la dama, y lo logra muy bien.
La señorita voltea ligeramente su cabeza para detallar a su acompañante misterioso, después de mirarlo de arriba abajo rápidamente, la dama sonríe traviesamente y se aleja de él acelerando el paso, tuerce en una esquina y desaparece. Más esto no es suficiente para hacer perder las esperanzas a nuestro caminante, con su paso decidido curva en la esquina y encuentra a su princesa nocturna recostada contra una pared sonriéndole coquetamente. El caminante se detiene en seco, observa casi atónito la visión que tiene en frente, no puede evitar sonreír y se acerca decididamente a su dama. La fragancia de su perfume es relajante, pero debajo de este olor no hay ningún otro. Su piel es tan blanca que casi parece brillar. El hombre levanta sus brazos y los pones sobre los hombros de la misteriosa mujer. Su piel es tan blanca y fría como el hielo de un glaciar. El pasa una de sus manos por su mejilla, su suave y fría piel es agradable al tacto, se detiene en sus labios, los hermosos labios escarlata son tan fríos como la nieve. Él se detiene justo ahí y susurra —Que dulces se ven los labios de la muerte…— Justo después y sin pensarlo dos veces, la besa fuertemente. Al acabar el beso la misteriosa dama habla con lo que muchos afirmarían es la voz de un ángel — ¿Es que acaso usted caballero, trata de seducir a la muerte?— Con una extensa sonrisa el alto hombre responde —Quizás, quizás busco enamorar a la muerte, quizás así pueda quitármela de mis espaldas, pero me temo señorita que usted no es la muerte, o al menos no la mía. Vera, los de su clase no pueden matar a los de la mía— Dicho esto el extraño hombre desaparece entre sombras y humo.

La mujer desconcertada mira a su alrededor, pero no hay nadie. De repente la puerta a su lado se abre. De su interior sale un hombre anciano. Por su aspecto y su ropa se nota que acaba de levantarse, parece algo consternado. Rápida mente posa su mirada en la dulce criatura de piel blanca y cabello negro. Ella lo ve y sonríe, sin decir palabra se acerca al pobre anciano. El viejo casi hipnotizado pone sus brazos sobre ella y acerca sus labios a los suyos, con velocidad mortal la mujer clava sus colmillos en la garganta del pobre anciano. Lo sostiene con fuerza mientras lo drena completamente. Una vez seco, la dulce súcubo limpia la sangre de sus labios con un pequeño pañuelo de seda. La luna brilla intensamente mientras de las alturas alguien observa la escena. La vampira levanta la vista y sonríe al ver a su extraño acompañante sonriéndole desde los aires. Y así ella desaparece entre las sombras. Y así el extraño hombre, usando su magia desaparece una vez más. Nada queda ahora, solo la luna, el camino empedrado y el cadáver del anciano.